“La gracia que hay en Madrid para el piropo no la hay en ninguna parte…”

jardiel-poncela--644x362Hoy nuestra entrada está dedicada a Enrique Jardiel Poncela, escritor y dramaturgo español de la primera mitad del siglo pasado y primer exponente del teatro del absurdo en este país. Ya sé que para mucha gente resulta antipático leer teatro y me pasaba de joven que cuando quería compartir lo que había leído con otra gente me decían “!teatro, uf!” pero os recomiendo  “Eloisa está debajo de un almendro”,  seguro que lo pasareis bien. En una frase del propio autor se dice: “El teatro bueno, gana leído; el teatro malo, gana representado”.

En “Eloisa está debajo de un almendro” (1943), el autor provoca una serie de equívocos y complicaciones que finalmente se resuelven, dando lugar a una comedia divertida no exenta de un cierto clima de misterio.

La estructura de la Comedia permite situar la acción en dos ambientes bien diferentes: en el Prólogo, un cine de barrio y en cada uno de los Actos en unos escenarios distinguidos.

La obra fue escrita en el Café Gijon, a caballo en el invierno/primavera de 1939 y 1940 y el autor empezó a escribirla a partir de una única y sucinta idea: un Landrú, asesino, tal vez no de mujeres, causa un gran efecto en una mujer.

Con esta idea y, después de mediado el Prólogo se le ocurrieron lo que el llama subideas y le fueron fluyendo los personajes que necesitaba para componer una obra de teatro completa.

httpmaitegarcianieto.comteatro-eloisa_esta_debajo_de_un_almendro.htmComo estamos en el Teatro del absurdo, los protagonistas no podían dejar de ser cuanto menos muy originales:

Mariana, 22 años, soñadora hasta la exageración, que no se puede enamorar de un hombre si no capta en el un misterio y algún secreto muy profundo;

Fernando, 30 años, joven sentimental, soñador y melancólico, se esfuerza por ocultar estos rasgos y bajar a la realidad;

Clotilde, 45 años, tia de Mariana, bastante alocada y muy interesada por

Ezequiel, 50 años, tio de Fernando, científico amateur que busca una vacuna contra la Pelagra y experimenta con gatos a los que pone nombre de mujer;

Edgardo, 50 años, padre de Mariana, vive acostado en su cama, en una habitación repleta de muebles que no tolera que sean desplazados ni un ápice, borda en un bastidor y viaja, sin moverse de casa, simulando el trayecto en tren con pitos y campanas en las estaciones y proyecciones de los lugares por donde pasa;

Micaela, 55 años, hermana del anterior, colecciona buhos, vive en un mundo imaginario y pasea por la casa y el jardín con sus dos perros, Caín y Abel, sobre todo los sábados que, como ella dice saber, van a entrar ladrones;

Fermín, Leoncio y Práxedes, edades indefinidas, criados de la casa, hechos a sus costumbres; cuando Edgardo les llama, como tienen que pasar entre los muebles, siempre dicen “estoy en ruta, señor”; no lo notan pero también se han ido contagiando y están bastante turulatos.

Estos son los personajes principales que se relacionan entre si en una trama tragicómica en que la pareja joven da la nota seria e intentan descubrir el misterio de la finca de los Ojeda y la pareja de carácter representan también una relación sentimental con acento cómico.

A mí esta obra de teatro, que leí más o menos a los 15 años, me hizo reír a mandíbula batiente desde que comencé con el Prólogo que se sitúa en un cine de barrio, que contrasta tanto con los ambientes de los dos Actos.

En el cine, los personajes populares no tienen desperdicio. Por ejemplo cuando dos muchachas jóvenes, con aspecto de tanguistas según la acotación, son piropeadas por los espectadores: “!Vaya dos mujeres!; ¿Has visto qué dos mujeres?; Eso te iba a decir, ¡qué dos mujeres!; ya, ya ¡Vaya dos mujeres”. Y las mujeres en cuestión comentan: “Digan lo que digan pero la gracia que hay en Madrid para el piropo no la hay en ninguna parte”. Supongo que el ”!Vaya gallega!” de Miguel Mihura en “Sublime decisión” tiene aquí su precedente.

También es muy ingenioso el diálogo entre dos amigos, en el que uno le cuenta al otro que se separado de su socio: “Pues yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos y porque lo que uno no piensa al otro se le ocurre: Pero de casta le viene al galgo el ser rabilargo; el padre del Melecio siempre ha sido de los de quítate tu para ponerme yo y de tal palo tal astilla… “, “Pero de fuera vendrá quien de casa te echará. Y yo me dije, digo: Hasta aquí hemos llegao, se acabó lo que se daba; ca uno en su casa y Dios en de tós, que reirá mejor el que ría el último” (…) “Y ¿qué le parece que hizo él?. El Amigo le pregunta “¿El qué?. “Pues contestarme con un refrán, con un refrán”. “Ay que tío más cínico”…

 Ana F.

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